05 febrero, 2015

Carta segunda: De los trenes.

“… Tres de la tarde, la lluvia cae como ansiosa por tocar el triste suelo, rebosante de grises
hojas muertas. El ruido de los trenes ya no me molesta, ya no logra que vibre ni una sola sensación en mis ya congelados huesos, cimientos y estructura única de este arruinado y pálido cuerpo que, tiritante de frió, sentado en este banco viejo de la estación, espera aquel único aliento esperanzador, aquella única mirada de calidez que necesita.
Se supone que ya no queda nada, mi cuerpo no responde: mis ojos ya no ven sino lo que quieren; mis oídos a duras penas pueden escuchar con dificultad un amable pedido “disculpe ¿podría decirme la hora?”, el cual mi voz, resquebrajada y gastada de gritar tu nombre responde con la misma amabilidad que pudo escuchar, sin pena ni gloria, una cortesía que nunca merecí.

¿Por qué aun la gente se apiada de mi? ¿Por qué aun se apiadan de mi alma, si esta ya no me pertenece?
Y es que se que un día, uno de estos días vas a volver, vas a bajar del tren de las tres de la tarde, como me prometiste hace ya veinte años, vas a volver a tomar mis manos, y vas a darme aunque sea aquel último beso, lo único que necesito para estar en paz… yo lo sé  ¡me lo prometiste!
Y aunque muy en el fondo sepa que todo esto es una ilusión, una única lagrima cae de mis ya vidriosos ojos y se va… se va junto con aquellas ansiosas gotitas, capaz para apaciguar su tristeza bailando con ellas, en ese hermoso encuentro que tienen con la realidad, la dura realidad de estrellarse bruscamente contra el suelo… y yo, ya sin ella, te sigo esperando.

Te sigo esperando…”

1 de Mayo, 1942, Buenos Aires, Argentina.

Anónimo.

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