04 febrero, 2015

Carta primera: Aquel que buscó, aquel que encontró, aquel que perdió.

Dejarlo salir; cerrar los ojos, apretar los puños, fuerte, como si no quisiera soltar ni un vestigio de lo que se que haya estado tomando, sin siquiera tener interés en saberlo, ahora erguido en posición para evitar la encorvada marca de la debilidad que me representó por incontables medidas de tiempo, ¿minutos acaso?.
Una enorme bocanada de aire, aire que casi instantáneamente es devuelta al éter por mi nariz, en forma visible como vapor causa del otoño frió e inmoral conmigo, no mas de lo normal pero lo suficiente como para mostrar junto a mi ruborizada piel, azotada por los gélidos vientos de la tarde, que estoy dispuesto a todo.

“Ya ha pasado mucho tiempo, jamas creí que este momento llegaría, ¡No puedo explicarte nada! No siento que pueda siquiera abrir la boca, pronunciar una palabra, esgrimir algún gesto o siquiera devolverte el favor de estar dentro de mi universo... Pero quiero que observes y sientas lo que yo estoy sintiendo.


Y sin terminar de hablar, una pequeña y picara lagrima escapa de uno de mis ojos, y yo sin poder hacer nada para evitarlo, quiebro en mil pedazos.

Tratar de frenar a una lagrima es tratar de no apuntar el cañón a la cabeza, sino al corazón. 


3 de febrero, 1994, Buenos Aires.

Anónimo.

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